miércoles, 1 de septiembre de 2021

LA MÚSICA DEL SILENCIO EN LA POESÍA DE MANUEL IRIS



SALÓN DE LECTURA 

José Antonio Santano

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Mucho se ha escrito y se escribirá, seguramente, sobre poesía española actual y latinoamericana, claves y diferencias de cada una de ellas, como habrá, también, con toda certeza, opiniones y valoraciones distintas, según sea la formación y experiencia de cada uno de los autores o autoras de esas reflexiones acerca del hecho poético de uno y otro lado del Atlántico. El propio cuestionamiento es ya un punto de partida: reconocer que existe una y múltiple poesía tanto española como latinoamericana. En este sentido, ya en el año 2009, en el ciclo “Encuentros 080”, actividad de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, coordinado por Albert Tugues y como participantes Rosa Lentini y Edgardo Dobry, se afirmaba que, “mientras la poesía española estaba muy arraigada a la tradición que tiene detrás”, la latinoamericana, en cambio, era “más vital, más fresca, con ánimo de experimentar”. La profesora de literatura española y latinoamericana en la Universidad de Montclair de Nueva York y también poeta Marta López Luaces afirmaba, allá por el año 2012, en la revista Tendencias 21 que, “la poesía latinoamericana actual recrea un mundo plural y múltiple”. Han transcurrido algunos años desde estas referencias respecto a la poesía latinoamericana, sin embargo, me atrevería a afirmar, por la experiencia de mis lecturas que, el panorama poético latinoamericano en la actualidad es mucho más rico que el español, por su rigor, el equilibrio entre ética y estética, sus valores formales, su capacidad de fabulación y un lenguaje que ahonda en los orígenes sin perder sus vínculos con la tradición pero apostando por la creación de nuevos horizontes, en los que la soledad y el silencio se convierten en tantos y diversos universos, como tantos y diversos son los poetas que configuran ese particular cosmos de la poesía. La poesía española actual, al menos la más joven, se halla distraída y alejada de la tradición y mucho más atenta al resultado mercantilista de las editoriales y las redes sociales. No obstante, en España, esa dicotomía entre poesía española y latinoamericana tiene un claro reflejo de magisterio en los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que vienen celebrándose en la ciudad de Salamanca, que este año cumplen ya su vigésimo cuarta edición, y coordinados por el también poeta peruano-español Alfredo Pérez Alencart. Un premio, el Pilar Fernández Labrador de Poesía y una voluntad férrea de conocimiento, resultan claves para acercar esas dos maneras de entender el hecho poético. Mucho se sabe ya de lo que se escribe y cómo se escribe al otro lado del Atlántico gracias a eventos como el citado, de tal manera que la participación resulta imprescindible para el intercambio y el conocimiento de cada una de esas experiencias poéticas, pero también, no lo podemos olvidar, internet, que a través de las redes sociales han propiciado ese intercambio, así como la posibilidad de comunicación y envío de textos mediante el correo electrónico.

 El caso que me ocupa, y que quiero destacar en este espacio es el del poeta mexicano Manuel Iris (México, 1983), radicado en EE.UU, concretamente en la ciudad de Cincinnati. Desde allí partieron hasta tierra almeriense, tres textos de su autoría y que, como anécdota, hasta su recepción, hubieron de soportar un accidentado viaje. Pero por fortuna, aunque con alguna demora, llegaron a mis manos. Ni que decir tiene que esos tres textos, desde el día de su llegada, ocuparon los días siguientes de mi tiempo lector. Leídos primero y dejados reposar luego, para retomar su relectura más detallada después. En ese intervalo de tiempo he reflexionado mucho sobre el hecho poético, me he preguntado mil veces: ¿para qué se escribe poesía?, ¿qué tiene este noble oficio de poeta?, ¿es un modo de rebelarse contra sí y el mundo?, ¿cuál es su verdadera utilidad, si es que la tiene?, ¿qué busca el poeta? Pues a todas estas preguntas he hallado precisa y certera respuesta en los textos de Manuel Iris, tres poemarios publicados en distintas fechas y editoriales: Los disfraces del fuego (Atrasalante, México, 2015), Devocionario (El taller blanco, Colombia, 2020) y Lo que se irá (Dos madres, Ohio, 2021), éste en edición bilingüe inglés/español. Reconozco que su lectura me ha deparado momentos inolvidables, que se perpetuarán en el tiempo, porque adentrarse en la poesía de Manuel Iris ha sido una de las mejores experiencias de estos últimos meses, cansado de tantas poéticas mediocres existentes en la actualidad. Leer a Manuel Iris me ha provocado una conmoción interior, porque del interior nace su poesía, del silencio, en esa búsqueda constante y, ¿utópica?, ¿de la verdad y la belleza? De la nada a lo absoluto. Decía el poeta José Ángel Valente que, “para ascender primero hay que descender”, y, ciertamente, en los versos de Iris se halla ese descenso, que puede ser la nada como esencia del silencio, para luego ascender hasta su propia altura: lo absoluto. Todo es silencio de la oscuridad a la luz en una milésima de segundo.



Los disfraces del fuego


Sirve de pórtico al libro Los disfraces del fuego una cita de Vicente Gerbasi, donde nos habla de un relámpago, de la oscura nada y de lo que somos: sueño frente a la sombra. Algo que ya anunciaba en líneas anteriores. Pero llama la atención en este poemario, la recomendación del autor para que su lectura se lleve a cabo con la música del compositor estonio Arvo Pärt, de tal manera que para la sección Tintinnabuli (concepto que el compositor sugiere por su parecido al tañer de las campanas) invita al lector a escuchar la pieza Für Alina; para la segunda parte, Los disfraces del fuego, se haga con Tabula Rasa; para la tercera, Fuga, con Kyrie, Berliner Messe¸ y por último, para Réquiem, se vuelva sobre Für Alina. Pudiera parecer banal la recomendación musical del poeta, pero no lo es. Música y poesía son una misma cosa, un ente vivo, que nos acerca a una realidad soñada, nos deja libres y solos, como al principio del mundo. Los primeros sonidos de Tintinnabuli equivalen a los primeros fonemas, al silencio que esconde cada sílaba hasta concluir en una palabra significante y significado. El escritor venezolano Alberto Hernández escribe en la revista Letralia sobre esta obra, Los disfraces del fuego, y Viena a decir que “nuestro autor “juega” a establecer una relación íntima, personal, cercana al silencio como referente del aire, de lo que flota, posiblemente de lo inalcanzable, pero también de lo que se desprende y se destruye”. Es el momento de la creación en sí misma, cuando el poeta se enfrenta al silencio, a su silencio y se precipita en su propio abismo: “Quiero jugar a herirte, mi silencio. // Quiero jugar a que te arrojo piedras, / a que te aviento pájaros y peces, / todo lo que vuela, / y que te rompes, te cuarteas // y caen tus pedazos solamente en ti, / y los recojo y te miro / entero como siempre, / sin que te falte nada”. El poeta busca en el silencio la luz, como esa cortina de seda que deja entrever el movimiento de unos cuerpos desnudos, la transparencia del sueño, el verdor de unos campos, la presencia de la nada: “No eres la luz, sino la transparencia. // Tu desnudez es la otra cara del cristal / de la quietud. // Pero te mueves, andas / mis silencios / nuevos, tu camino / de plateado pez, / de claridad espesa, / de soledad sin horas. // Permaneces”. ¿Cuántos disfraces usan hombres y mujeres a lo largo de sus vidas? Muchos y variados, tal vez: la desnudez, el amor, el silencio, el miedo, los recuerdos, la infancia, el tiempo y la muerte… Así el poeta ahonda en los sonidos de la luz y el amor, y escribe: “Todo tu nombre / galopando en mis arterias como un tambor de luz”, o cuando dice: “Todo el amor es un disfraz desnudo”. // Sólo el amor / es verdadero al tacto”. Y acude a los recuerdos, al territorio de la memoria para no ser olvido: “Porque el olvido es otra forma de ocultarnos, de nacer”, “Todo el olvido es regresar la inocencia, es desdoler. / Todo el olvido se nos queda entre las manos como un / montón de abejas / y reímos disfrutando, sin saber qué pasa”. El ritmo y la cadencia de los versos, las imágenes (“El relámpago, al surgir / muestra las venas del cielo”) o la verbalización (“y amaneces / o te ocasas”), las metáforas y un cierto sentido de abstracción mantienen la viveza del texto. Pero también la materia es un disfraz, como lo es el vientre: “Tu vientre es un disfraz / de música sagrada, de permanente luz”, “Tu cuerpo es una forma de la música. Es el disfraz / de todo lo invisible”; o lo es también la realidad, al decir que “es un disfraz del todo”. Lo que acontece, lo visible y lo invisible, la verdad, pero ¿y la belleza, en qué lugar habita? Para el poeta “Belleza es la evidencia de un lugar / anterior al nacimiento y posterior a la muerte. / La cuerda tensa entre un silencio y otro”, pero también es amor sin condiciones, y añade: “Belleza son los cardos inocentes / bajo la lluvia anciana, / belleza el monte, los cometas, / la galaxia, / tu piel de piel pretérita y futura, / belleza es tu disfraz, / tu máscara de ahora”. Los disfraces del alma, la cotidianidad, una huida continua hacia adelante marca el camino del poeta, su voz es la voz de cuanto existe y vive y nace y muere. Y el poeta entonces se pregunta: ¿Adónde me regresas, muerte mía? // ¿Hubo otra muerte antes de ti, mi muerte?, y se responde: “Hay una sola / muerte natural: el nacimiento”. “No se agotan los disfraces”, escribe el poeta. Y así es. La vida, en su disfraz de muerte, camina en el silencio de la noche y el tiempo. En Los disfraces del fuego encontrará el lector a un poeta excelso y sugerente, que vislumbra la luz en el remanso y la quietud del silencio.


Devocionario
El segundo comentario se refiere al libro Devocionario. Con un sabroso prólogo o preámbulo del también poeta y ensayista mexicano Jorge Ortega nos acercamos al contenido de este poemario. En él Ortega disecciona cada una de las partes que lo integran, de tal manera que como idea central escribe: “Pero, lejos de merodear la sacralidad desde el vértice del arrebato místico o el afán de trascendencia, nuestro poeta tiene en la concreción de la vida el contrapunto de un ángulo de vocalización apremiado por hallar una respuesta, una reverberación, en el dorso de la realidad. Cuestionando lo invisible e incomprensible, el poeta discurre y a veces interroga sin aspirar a una réplica”. Sin lugar a duda alguna, Devocionario sigue la estela del anterior poemario, aviva el fuego del misterio, de la búsqueda por hallar un lugar donde el silencio sea la luz o la nada en sí misma. Iris sabe bien cómo y a qué sabe el silencio, y por ello, se aferra al lenguaje, vive en la palabra el fulgor de la existencia, y con ella, con ellas, camina por la vida como si tras de sí no hubiera sino silencio. La mirada del poeta traduce e interpreta (Traducere). No tiene otro sentido la vida para Iris, y en el conocimiento del mundo y su exégesis después intuye la respuesta final. Luego vendrá de nuevo el silencio (Silentium), y en su fuego interno encontrará toda quietud, para recoger al final del trayecto, ese camino forjado de palabras que anuncian resplandores o se asientan en el temblor de lo invisible, el fruto de lo vivido y sustanciado desde el deseo y la devoción por sentir el huracán de algo incomprensible por indecible, la poesía en toda su pureza, como unión de lo divino y lo humano. Nos invita Iris, nuevamente, a acompañar la lectura de este libro con el Stabat Mater de Arvo Pärt. Para la primera parte, Traducere, el poeta selecciona una cita, muy apropiada para el caso, de George Steiner: “La traducción se halla formal y pragmáticamente implícita en cada acto de comunicación (…) Entender es descifrar”. Escudriña el poeta todo cuanto acontece en derredor suyo, y lo interpreta después de vivirlo. Lo corpóreo necesita ser observado y traducido, las imágenes y los sonidos, todo en su abismo de silencio aporta al poeta una mirada nueva: “(Amar es traducir)”, escribe el poeta. Pero necesita más, el poeta necesita sentir que fluye la sangre y que el amor se hospeda en ella: “Poner la oreja en tu muñeca y escuchar un río. Yacer sobre tu / pecho y oír tu corazón repitiendo te amo, te amo…y presentir / el silencio. Poner la oreja en tu vientre y escuchar la maquinaria / del mundo, la vida siendo hecha. Recostarme en tu espalda y / escuchar el aire que alimenta el fuego, que sostiene pájaros. // Callar sobre tu sexo y escuchar la apertura entre el silencio y la piel, / la eternidad y la muerte”. Para la segunda parte del libro, Silentium, Iris se vale de esta cita de de Thomas Merton: ¿Quién / eres tú? ¿El / silencio / de quién eres / tú? Y a manera de síntesis, de conclusión o como respuesta a la pregunta Iris responde de forma contundente y brillante: “No en lo blanco de la hoja, sino detrás de la tinta / está el silencio”. Es ese temblor de la palabra el fruto de una revelación, de un abstraerse en caída libre hacia el abismo lo que distingue al poeta, que añade sabiamente: “En la otra cara de la piel está. // Es el envés del amor, / su reverso es la música. // Por dentro de los párpados / devela su escritura. // Detrás de la palabra, / en la palabra misma / puede revelarse”. Devocionario, que da título al libro, es la tercera y última parte del poemario. Y como no podía ser de otra manera nos introduce en ella con estos versos de San Juan de la Cruz: “Su origen no lo sé, pues no le tiene, / mas sé que todo origen de ella viene, / aunque es de noche”. La oscuridad como espacio natural del silencio, de lo trascendente. De ahí que Iris desee que su religare sea esencialmente más humano, que la poesía sea contemplada como fe que trasciende e ilumina los actos cotidianos. En los poemas que contienen esta parte: Jaculatoria, Letanía, Misterio Nuestro, Salmo 25, Salve Regina, Acción de gracias o Plegaria, entre otros, manifiesta el poeta esa fe en lo humano, que no es sino poesía, que no es sino silencio, como este poema que en sí mismo lo representa (Misterio nuestro), de tanta similitud con el rezo del Padre Nuestro cristiano: Misterio nuestro, / hermano del silencio: / jamás revelado sea tu nombre. // Venga a nosotros tu dispersada calma. // Hágase música tu voluntad / en el alma y la piel. // Danos hambre de ti. // Perdona los poemas / que pretendan revelarte. // No nos dejes caer / en nuestras propias metáforas / y líbranos, Silencio / de cualquier certeza.




The parting present / Lo que se irá,
El tercero y último de los libros merecedores de este comentario es The parting present / Lo que se irá, traducido al inglés por el propio poeta, y revisado por el también poeta irlandés-americano Kevin McHugh. En un bello y emocionado preámbulo Iris escribe: “Hija, este libro ha nacido alrededor tuyo (…) Lo escribí porque, mientras compongo estas líneas, el mundo es un lugar muy triste, pero ahí eres feliz. También lo escribí para que no estés sola, para que mi voz —después de mí— continúe diciéndote te amo. Te lo doy con estas palabras de otro padre a su hijo: espantado de todo, me refugio en ti. Te quiero siempre, Papá”. Con esta inmensa declaración de amor se abre el libro. Nuevamente el poeta nos hace reflexionar desde su atalaya de soledad y silencio sobre el hecho misterioso de la vida. Iris conoce bien el territorio de los sueños, también el de la cruda realidad, pero sabe que cada día en el despertar se halla un nuevo horizonte, un hilo de esperanza con la que seguir el sendero. Las palabras descienden para luego retomar el vuelo hacia la altura del cielo, y ser pájaro o nube, lluvia o fuego, es el destino del poeta. En este sentido, Katia Rejón Márquez, escribe en la revista mexicana Carruaje de pájaros: “Porque Manuel Iris en Lo que se irá resignifica las palabras amor, milagro, poema. Son palabras migrantes, que se instalan en un espacio y en un idioma distinto. Y ahora suenan y significan cosas diferentes”. Ciertamente nuestro poeta siempre anda a la búsqueda de la palabra exacta, de aquella que exprese lo absoluto de la nada, su silencio último, para crear un universo en el cual el poema en todo su significado sea como un fulgor, inocencia y quietud, tiempo de amor y muerte. Y así escribe: “Para que brote el silencio / abre su herida el poema”. Iris se aparta de la poesía fácil, contempla cuanto a su alrededor vive y luego en un canto invariablemente humano sacude las conciencias, invoca a la Naturaleza como Madre tierra y escribe, escribe desde dentro, muy adentro. Decíamos al principio que en los textos de Manuel Iris encontraríamos respuestas. Así, las razones de por qué escribe quedan patentes en las siguientes líneas, extraídas de la revista Latin American Literature Today “Escribo desde ahí: frente a la luz de esa misma pantalla en la que a veces convoco al silencio, en la que busco que también sucedan la lentitud y la contemplación. El resplandor que cae sobre el teclado y la percusión del texto que nace son mi manera de danzar frente al fuego, como lo hicieron los primeros poetas, cuando apenas empezaban a inventar el lenguaje. Escribo, imagino: veo la tradición literaria como una enredadera con un ancestro común: el deseo de traducir el silencio, de decir lo indecible”, y añade, respecto a ese silencio: “La guardia del silencio es uno de los tallos de la poesía contemporánea, el más urgente, y el que más me interesa. Entiendo, por supuesto, que hay poetas que confían todavía en su vocación de líderes y que quieren mantener su aura de iluminados, pero son la excepción, no la regla”. La poesía testimonial en Lo que se irá se muestra con clarividencia. La hija no nacida es el trasunto, y con esa idea previa trabaja el verso, piensa la vida y traduce sus silencios, porque él es Testigo principal de cuanto acontece, de esa danza primera en el vientre materno: “Está bailando tu hija, dice mi esposa / y se toca la barriga. / Desde hace varios meses / soy testigo de lo que sucede ahí, / debajo de sus manos. / Mi esposa es una casa dentro de mi casa / y yo estoy fuera de mi propio corazón. Seguro está contenta, dice. / Y yo sería capaz de renunciar a la poesía / a cambio de tener dentro de mí a mi hija, / de sentir la danza que las une / a todos los principios”. De ser justo tendría que hablar de cada uno de los poemas, pero ante tal posibilidad abrumadora y quizá cansina para el lector, me acomodo a la luz de algunos versos más, de algún breve comentario imprescindible. Lo que se irá es resultado de un abismarse continuo, de un caer lentamente hasta insospechadas simas para luego levantar el vuelo hacia la altura cósmica y absoluta de cuanto respira vida, un himno al amor. Sí, al amor, a esa palabra que tantos denuestan y aborrecen, por entenderla excesivamente espiritual o mística, banal o de cierto tono sensiblero o cursi. Sin embargo, Manuel Iris la enriquece con sus matices, en esa búsqueda por conocer el misterio de las cosas, la magia que se esconde tras su imagen, por saber que en los asombros fluye la última razón de la existencia, y que bien pudiera hallarse en ese amor que el poeta testimonia a su hija: “todo está a la vista / si prestas atención / a las cosas pequeñas. Hay más verdad en un abrazo que en un libro. (…) Ahora que el mundo / es completamente nuevo / te regalo, también, / estos dos amuletos / para que puedas guardarlos / o llevarlos en tu pelo: El silencio es la música. / Te amo”. Pero Manuel iris también ama la poesía, tal vez como otra hija que el silencio traduce y convierte en grafías que vuelan por el incandescente blanco de la página o la pantalla: “Mi hija se duerme sobre mi pecho / y el poema de silencio se completa”. Este libro tiene mucho de ese sumergirse en la poesía, en su significado, en su invisible universo, en su dolor de madre y de frontera, de exilio y soledades, y que de alguna manera podría resumirse en estos versos pertenecientes al poema El idioma de la casa: “…Últimamente / tengo miedo de los meses / porque tú has nacido aquí, / en este sitio, en este idioma / en el que soy un extranjero // y yo quiero / vivir dentro / de tu mundo, / del idioma que tendrás, / de tus palabras. // Me da miedo / que conozcas / la imposibilidad de pertenecer. // Pero te harás tu patria, como cualquiera. // Si te preguntan de dónde eres / diles que has venido del corazón de tu padre, / de un corazón / que aprendería cualquier idioma / para hablar contigo”. En este diálogo padre-hija se anuncia, también, el calor de lo que humanamente importa, como un lamento que demanda el grito en ocasiones, la presencia de una mirada solidaria y fraterna respecto “al otro” que soy “sin mi yo”. Trasciende la palabra entonces que cruza ríos y fronteras en la búsqueda de la existencia, del sosiego y la dignidad humanas.


Manuel Iris
Y escribe Iris, desde el silencio de la luz que lo conmina en esa otra tierra fronteriza, la Canción de los que migran: “Migrar es regresar / a lo que nunca hemos tenido: / a la esperanza. / Y usted, que vino del silencio / y va camino a la muerte, / que vive en una lengua / ajena y propia / como el cuerpo, / que busca el pan y el amor / como cualquiera, / que gusta / del olor de la lluvia / y la danza del fuego, / que se ha sentido solo / y que tampoco sabe por qué / vino a nacer / precisamente aquí, / ¿de verdad piensa / que no es un migrante? Estos son los mimbres de la excelsa poesía de Manuel Iris, poeta del silencio, ese que nos abraza en la quietud de las aguas y acaricia el sonido de la noche para saberse libre. Si tienes oportunidad, amigo lector, de acercarte a los textos poéticos de Manuel Iris, no lo dejes para luego, adéntrate en sus silencios y déjate llevar; abre puertas y ventanas y deja que su música, con su multiplicidad de variantes te abstraiga del mundo. Solo así hallarás la verdad y la belleza, de la poesía, que en la escritura de Manuel Iris es, la música en sí misma del silencio.

lunes, 23 de agosto de 2021

LEER COMO ADICCIÓN II . POESÍA

 


Salón de Lectura _______José Antonio Santano

 

Leer como adicción II

(Poesía)

 

         Si en la anterior entrega me refería a libros de narrativa que su lectura podía resultar interesante y aportaban elementos merecedores de considerarlos con la calidad suficiente para su recomendación, ahora nos adentraremos en el mundo de la poesía, con textos que, al igual que las novelas y relatos comentados antes, son dignos de estar en este espacio. Se puede constatar, sin ningún género de duda que, en esta España nuestra, la edición de poesía es muy fecunda, tal es que esta circunstancia, a veces, procura insatisfacción, por un lado, porque en buena parte los textos son mediocres, cuando no rematadamente malos; de otro, porque no todo es publicable y las editoriales deberían cribar más en pro de una calidad aceptable, que no mirando los réditos exclusivamente económicos.


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No obstante, y apartándonos de los muchos depredadores de esta clase de subterfugios mercantiles, recogemos aquí lo que particularmente me parece cumple con los requisitos mínimos de calidad que un libro de poesía debe poseer para su publicación. El orden con el que aparecen los poemarios no indica favoritismo o predilección alguna de los unos sobre los otros. No obstante, y aún reconociendo que tendría que haber atendido antes este libro, espero de la benevolencia de su autora y de los lectores a los que ahora me dirijo.


Jardín Imposible

El libro que merecidamente obtuvo el Premio Luis Carrillo de Sotomayor 2020, convocado por el Ayuntamiento de Baena (Córdoba) y un jurado compuesto por Ángeles Mora, Alfonso Berlanga y Antonio Enrique, se titula Jardín imposible y su autora es Marina Tapia (Valparaíso, Chile, 1975), si bien reside actualmente en Granada. Marina Tapia nos convoca para desentrañar un universo pletórico de formas y colores, de vida. La Naturaleza en carne y alma, ese lugar al que desgraciadamente, poco acuden los nuevos poetas. Sin embargo, en este mundo vegetal, la poeta halla el camino a seguir, ese que nos abisma a lo mistérico y desconocido para crear una realidad distinta, que aglutina y abarca los silencios de la existencia. Y lo hace unas veces en verso y otras en prosa poética, singular, como lo es su voz, al decir de Ángel Olgoso: “Marina teje una melódica red verbal que atrapa al lector, levanta estructuras de una delicadeza prodigiosa, recoge las palabras en su intimidad de emociones para hacerlas fulgurar en un segundo eterno”.   En el poema La guardiana, dedicado a su hija Camila dice: “Nunca encontrarás sosiego en este mundo, / nunca encontrarás justicia entre los hombres, / solo el saber del   bosque, de la tierra, / y aquella perfección llamada savia / te ha de salvar”. Y en el poema “Cochayuyo” escribe: “Yo sé que he sido libre, por más que se empecinen las mareas del mar en conducirme hacia los hombres. Soy hija de un albor profundo, vestida algunas veces de reflejo, de pardo ofrecimiento, de vedeja. Crecí en la resistencia del que sabe, sin ver, lo que amanece en su interior. // Yo sé que he sido pez”. Un libro que, en sí mismo es ese jardín con el que todos soñamos.


Hermosa Nada
Con otros registros y variados matices, en el cual el tiempo centra la reflexión poética, nos llega Hermosa nada, de la poeta catalana Rosa Lentini (Barcelona, 1957), publicado por Bartleby editores, colección que dirige el también escritor y poeta Manuel Rico. Lentini, en esta ocasión desnuda la nada para hallar lo absoluto o pleno. Para Antonio Méndez Rubio, autor del epílogo, “la poesía actúa en Rosa Lentini nada 
más (y nada menos) que como lo que une o junta, aquello que atraviesa el vacío construyendo un puente o abriendo un pasadizo inesperado, espectral, en todo momento amenazado por la posibilidad de su existencia, de su caída”. Pero también actúa en esta poesía la memoria, que trasciende en lo vivido, para crear universos nuevos. Es el viaje al interior de la nada, de esa hermosa nada convertida en majestuosos silencios que miran el mundo, el tiempo que lo sustenta, los recuerdos familiares, el pasado; el vacío en sí mismo desnudo ante el espejo: “…y por la puerta entornada del cielo / una atemporal luminiscencia / de una ligereza y un bienestar / anodinos y estériles / desvela que dar el paso / será también perder la memoria / y yo me niego a olvidar”.  


La tierra baldía

En una bella y cuidada edición llevada a cabo por el Grupo Editorial Olélibros se presenta, con traducción del inglés al español de Sanz Irles, The Waste Land / La tierra baldía, un clásico de la literatura universal, de T.S. Eliot. Sin duda un libro de referencia para todo aquel que quiera acercarse al hecho poético, que en Eliot se da de una manera sublime y que ennoblece y continúa ennobleciendo aún con este libro, convertido en ejemplo o modelo a seguir para todo poeta que se precie. En el prólogo, que Ernesto Hernández Busto titula Un río subterráneo, se establecen las claves de este archiconocido y extenso poema de Eliot, al que el propio Ezra Pound bautizó como il miglior fabbro.


Resplandor

En una edición especial que consta de 50 ejemplares para amigos -un honor contar con uno de ellos-, al cuidado del editor malagueño Rafael Inglada, me llega Resplandor, número 20 de la colección Arroyo de la Manía, del poeta Antonio Enrique (Granada, 1953). Con un primer poema manuscrito, Lucero, abre este extraordinario pórtico poético al que nos tiene acostumbrados su autor. Consta esta bella publicación de catorce poemas, excluido en ya citado. En ellos deslumbra por su cuidado y sencillo lenguaje, que nos recuerda a la mística tradicional española “Y nada me aturde…Todo me falta, / sin ti” de Teresa de Jesús, pero que en Antonio Enrique toma forma y cuerpo, materia que se rebela hasta crear un estado espiritual que resplandece en su palabra y arde y se eleva al infinito de la nada absoluta de lo indecible. Es el amado y la amada en plenitud, en la entrega total, la luz de un éxtasis continuo: “Esto de amar / se parece a un relámpago. / Entra por los oídos, / sala por la boca. / Vuelve a entrar / y no sale del cuerpo. / Entonces lo calcina”. 


Recado original

Uno de esos libros que te hacen sentir bien, donde una paz se apodera de todo cuanto te rodea una vez que inicias su lectura es Recado original, de la poeta sevillana María Sanz (1956), publicado por una de las editoriales de ámbito nacional de referencia, Lastura. Mucho es el trabajo realizado hasta ahora por María Sanz y muchos los premios importantes recibidos en su larga trayectoria poética. Sanz es una poeta de honda mirada, meditativa y generosa por cuanto su humanismo está presente y en estrecho contacto con la Naturaleza. Su lírica se ha construido siempre desde el rigor y la honestidad, y es por ello que, apartada de modas y bagatelas, ejerce de auténtica poeta. El amor, el tiempo, la libertad, los silencios o la soledad se hacen luz, verso limpio en Sanz, que escribe: “La soledad no hiere, desfigura / los cuerpos arrumbados con su lento cilicio”. 


En Herencia del tiempo, al cuidado editorial de “Ánfora Nova”, hallamos la voz inconfundible del poeta Alfredo Jurado (Espejo, Córdoba, 1950). Como en casi todo poeta, el tiempo es como una obsesión que va creciendo en el interior hasta estallar en palabras, en vida. Con una poesía más desnuda que en entregas anteriores Alfredo Jurado nos propone un viaje interior para mostrarse sin máscara alguna, tal cual y siente: “Pasó la juventud, / se escapaba lo mismo / que una torcaz en vuelo; / lo mismo que el aroma / de un gladiolo fugaz; como el vuelo furtivo / de un gavilán que cruza / y va cortando el aire”

Breve tratado para las casas con peces

El siguiente libro lleva por título Breve tratado para las casas con peces. Este poemario obtuvo el V Premio Internacional Francisco Aldana de Poesía; su autor, el poeta argentino Boris Rozas (Buenos Aires, 1972). Como viene siendo habitual en este poeta, en sus variados registros, trasciende la cotidianidad para ofrecernos, desde un lenguaje atractivo su experiencia vital, muy cercana a las influencias poéticas anglosajonas de las que se nutre.  Una muestra de su escritura sean estos versos: “Habrá que inventar / otro cielo / donde desenvolverse mejor / en el silencio”. 

Catorce vidas y una másHasta la ciudad dorada de Salamanca viajamos, donde la Diputación Provincial ha publicado el libro Catorce vidas y una más (Poesía reunida 1995-2012), de la poeta María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) y profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad salmantina. Podría decirse que la poesía reunida en este volumen pertenece a ese mundo infrecuente hoy del conocimiento y la hondura reflexiva, complementado por un extraordinario oasis sensorial en el que todo renace de un mismo fulgor, de una abierta mirada representada en lo cotidiano, la materia en sí misma, el cosmos. El cuerpo como sustancia matérica y espiritual, el amor, su rica sensibilidad femenina, el fragor de la memoria, su particular sexualidad y el ingenio hacen de la poesía de María Ángeles Pérez López un oasis en el desértico paisaje de la cruda realidad que vivimos. Señas de identidad que germinan de la reflexión profunda, de su mirada penetrante en el caos de los días. Seis libros (Tratado sobre la geografía del desastre, La sola materia, El ángel de la ira, Carnalidad del frío, La ausente y Atavío y puñal) que nos acercan a la esencia poética de una voz destacada del panorama lírico español, a la recreación de un mundo personal que nos enriquece a través de la palabra y el silencio interior que la aviva: “Reclamo demorarme en cada gesto, la lentitud feliz en las dos piernas / si tengo todo el sol sobre la nuca / y el tacto es una forma nutritiva / y exacta de sentir sobre la sangre / el viaje subterráneo de la dicha”. 

Peccata Mundi

Otro de los poetas cuya producción es significativa y avalada por numerosos premios es el extremeño José Antonio Ramírez Lozano (Nogales, Badajoz, 1950). Peccata Mundi, publicado por Pre-textos y galardonado con el XXXIV Premio Internacional de Poesía “Antonio Oliver Belmás” es su última entrega. Tanto por su estructura, temática, variados registros y su lenguaje, merece la pena destacarlo aquí en este espacio. Pero, sobre todo, y llama la atención por la recuperación de la épica como baluarte poético primigenio, por una épica rural en la que retrata los personajes de Torales, quizá trasunto de Nogales. Como si de la narración de un cuento se tratara, pero sin perder su esencia lírica Ramírez Lozano desentraña a esos personajes existentes en la España de interior, en esos pueblos olvidados y casi vacíos, como el suyo (el cura Elino, el pastor Juan Codino, el funambulista Tico de Moreira, los tíos Aurelio y Farinas, Fanio el enterrador, las monjas, santos patrones y otros correspondientes a la primera parte de pecados veniales), recuperando así en la voz del poeta otras voces, otras vidas. De la segunda parte, referido a los pecados mortales destacamos poemas como Salve, Letanía o La banda, del que se reproduce este fragmento: “Y detrás, / como ausente, el fagot / de don Sixto Rubianes, / con la caspa de Dios sobre su abrigo / marengo, jubilado / de latines, soplando / la eternidad en su instrumento, en ese / tizo oscuro, caoba en la que suena / la desventura de las generaciones”. Siempre atiendo complacido la llegada de un libro, su reciente y aromada tinta, la belleza de la simple grafía en la página, el tacto de su piel, su arquitectura. 

Nuestro sitio en el mundo

En ese continuo goteo de libros recibidos, sostengo entre mis manos Nuestro sitio en el mundo¸ cuyo autor no es otro que el poeta manchego Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978), publicado por Eolas ediciones y galardonado, muy merecidamente, con el Premio Antonio González de Lama 2020. La propuesta de Rodríguez Jiménez tiene mucho que ver con la reciente crisis pandémica, con el hecho del lugar del hombre en el mundo, con las consiguientes preguntas que el poeta se hace para entender, si es que es posible ante tanta locura, cuál es verdaderamente el sitio de los seres humanos en la tierra. Con un lenguaje sencillo pero profundo, meditativo, el poeta se adentra en los detalles de la cotidianidad para fulgurar con su mirada cuanto acontece, significándolo, añadiendo valor o lo zaherido. De cada uno de los 43 poemas que conforman Nuestro sitio en el mundo, el lector queda prendido: luz y fuego en la palabra, como el poema que da título al libro, Naranjas, Poética, Terciopelo, Las leyes del mercado, Aquel verano antes, Balcones, Amado público, Noche de bodas, Poesía joven o Diésel, todos, sea dicho, procuran al lector momentos inolvidables.  Existe una poesía distinta a la que nos ofrece continuadamente las redes, incluso editoriales mediáticas cuyo objetivo siempre es el mercantil, pero en la vida, como se suele decir, debe haber de todo. Y ahí lo dejamos. Porque el claro objetivo de esta reseña es distinguir la calidad en ese marasmo de mediocridad existente en cualesquiera de los ámbitos de nuestra sociedad.

Supersticiones

 Ese marbete singular sería cabalmente para un libro como Supersticiones, del poeta malagueño Albert Torés (París, 1959). Ya en la nota de autor nos adelanta, después de esa continua búsqueda de formas, estructuras, unas dosis de rebeldía y provocación por aquello de saltarse normas, que se alía con “el tridecasílabo, tan inusual, porque la poesía y sus combatientes cierran puertas con cerrojo para evitar el contagio de las supersticiones”.  He aquí la razón de este poemario, en el cual una profunda reflexión impregna los poemas, como en este: “No salvaría nada salvo la memoria, / el recuerdo de haberte amado con certeza, / la enseñanza de mis mayores, la certeza / de mi hijo. Luego la muerte. La memoria”, o tal vez este testimonial: “Nací bajo lluvias errantes y tormentas/ otoñales, sonatas parisinas, pero / nunca culpé a los termómetros de mi muerte. / Volvía a nacer aunque supe prisionero / iba a ser en tiempos para maldita suerte. / No invento lenguaje nuevo para toda la / poesía, pero le confiero los ritmos, / la glosa, la historia, la música, llamada / de sentires extraordinarios. Soy mágico”. 

Un horizonte de significados

Otro de esos libros que no pasan desapercibidos ha sido Un horizonte de significados, del poeta granadino Custodio Tejada (Purullena, 1969), un libro que nos adentra en la palabra y sus significados, tremendamente reflexivo, en esa búsqueda por la nombradía de las cosas, que es la existencia misma de las cosas, la vida que fluye en el propio Lenguaje como esencia pura y verdadera. Un viaje, sin duda, emocionante por el universo de la “palabra”, la que nos redime y condena, la que nos deslumbra y ciega al mismo tiempo, como así lo expresa en estos versos: “Solo veintisiete letras curan al mundo / del silencio desastre / como si fueran las flores de Bach / o la fe de un óvulo fecundado / en el ismo útero de la palabra”. Existe un paralelismo bíblico en su creación y así el poeta se convierte en demiurgo que busca la palabra justa para nombrar, porque, y así lo escribe: “Cuando nombramos hacemos visible lo invisible, le damos luz a la vida y le damos vida a la luz”.  
Un libro y un poeta, Custodio Tejada a tener muy en cuenta. 

Precisamente ArianaPrecisamente Ariana, de la poeta palentina Araceli Sagüillo (Venta de Baños) y editado por Torremozas, nos sumerge en el laberíntico devenir de la vida, la vida  cotidiana de una mujer, Ariana, que es la propia poeta enfrentada al laberinto de la vida. Ariana representa lo femenino, las turbulencias y el sosiego que mana del interior para crear un espacio donde el amor sea y exista en toda su magnitud. La ausencia del amado es el elemento nuclear donde la poeta, que es Ariana, se resiste y vive para hallar alguna luz que devuelva a su espíritu la esperanza para seguir el camino. Ambas, se lee, “Estamos acostumbradas a escondernos de la dura realidad”, o, “Después de muchos días / sin escribir, veo que Ariana escribe un poema”. Los recuerdos, o mejor habría que decir, la nostalgia del pasado, provoca en la poeta desazón y miedo, porque la soledad se hace tediosa: “Si tú no estás / ni nadie en esta casa vacía de afectos…”. Otro poemario y otra mujer protagonizan las siguientes líneas. 

Al final del paisaje

Al final del paisaje, es el texto y su autora Alicia Aza (Madrid, 1966), editado por Valparaíso. Con citas de los poetas Cesare Pavese y Claudio Rodríguez abre este nuevo universo poético, donde la poeta retrata un paisaje interior sensual, amoroso, humanista. enraizado en un creciente humanismo. Las seis partes del libro (La suerte no viene de fuera de mí, Despertar en esta época del año, Cada objeto cambia según la perspectiva, No sé en qué lugar nos perdimos, Amanecer y darte cuenta de que apenas has dormido y por último, Fui madre junto al río Yangtsé, conforman un texto muy sugerente, en el cual, la prosa que inicia cada sección describe un mundo personal de símbolos e imágenes encadenadas que convierten la lectura en un manjar para el pensamiento y las ideas. Aza sabe bien cómo trabajar la palabra, cómo pensarla, ahondar en su silencio para seducir al lector. En su propio decir: “La poesía es un volcán y el poema es la lava solidificada en la palabra. Como resumen me quedo con este breve ejemplo de su poema en prosa correspondiente a la tercera parte (sin que ello signifique renunciar al resto): “El olor es. El olor no engaña, solo perturba los sentidos del que está vivo. El olor es la infancia y es el instante ahora. El olor soy yo y eres tú. El olor tiene un presente. No hay olores futuros. El amor huele. La muerte no desprende aroma. Solo los cuerpos. Como el tronco en el camino con forma de mujer”. 

Coloquios con ArturoColoquios con Arturo, del poeta granadino Enrique Morón (Cádiar, 1942) es todo alma, como la poesía con la que desde siempre nos alimenta Morón. Su experiencia vital, su atenta observación del mundo y sus paisajes, tanto interiores como exteriores provocan en el lector esa sensación de oasis, de paz que reconforta y alimenta el curso de los días. Su variada temática que aplica como enseñanza a su nieto Arturo obedece a los afectos, a ese lugar llamado ternura del que sin saber por qué el hombre se aleja habitualmente. En Coloquios con Arturo, Enrique Morón retoma su labor docente para conversar con el presente que es, el pasado que fue y el futuro que será, y lo hace con el verso limpio y cristalino al que nos tiene acostumbrados, con la humilde mirada del gran poeta que es y será siempre: “Si alguna vez, Arturo, / te sientes perdido / en el naufragio de la pena, / pues el dolor también invade el musgo / de los labios de un niño, / acude sin tardar hacia el refugio / de mis cansados brazos. // Si alguna vez, Arturo, / sospechas que perdiste / tu ingenuidad altiva / en los pasillos de ajedrez que van / hacia el nevado edén del dormitorio, / llámame sin tardanza, / que yo sabré acunar en mi regazo / un sueño de astronautas / que sonrientes te miran / desde una luna de melón que brilla / en la profundidad de tu ventana”. 

Donde arraiga desiertoDonde arraiga destierro y La tierra y el cielo, son dos poemarios pertenecientes a la Trilogía de la reencarnación, del poeta alicantino José Manuel Ramón (Orihuela, 1966). El primero con prólogo de Anna Rossel, que escribe: “Su poemario viene a ser, de hecho, un único poema en el que cada aparente unidad puede leerse como una continuación de la anterior o encadenarse con la estrofa siguiente” y el segundo de Miguel Veyrat quien dice del poeta: “Él no espera escuchar el crepitar de una luz exterior que le dicte los versos, sino la pulsión de los latidos de la sangre propia activada por el golpear de sus pies en la tierra”. Uno y otro libro muestran una profunda mirada del poeta que conversa con la Naturaleza y el desasosiego interior, con la vida. De Donde arraiga el destierro, cito: “oscura redención / que a fuego marca incertidumbres / desde la tierra quemada / que procuro”, y de La tierra y el cielo, reproduzco estos versos: “nieves perpetuas / la existencia protege / aunque desvividos vivamos / por humanizar lo que / deshumaniza”. 

La mariposa en el buzónLa mariposa en el buzón, del poeta cordobés Manuel Molina González (Priego de Córdoba, 1966) incide una vez más en el haiku, en esta ocasión 111 son los que integran este libro. Molina González, atraído por esa tradición japonesa de composición poética propicia el acercamiento a su experiencia vital, con la brevedad profunda que el haiku expresa. Con anterioridad otros poemarios de referencia nipona fueron Haikus del olivar Y volverás abril (sernyus). Algunos ejemplos de estos haikus son: “La poesía / vaivén instantáneo / nos sobrevuela”, “Sobre la página / un profundo abismo, / vacío blanco”, “Un primer verso, Siete sílabas más / y tres: un haiku”, “Llega la noche / y en en cielo otra vez, / brilla la nada”. 

Desde Al-ÁndalusLa editorial granadina Nazarí me hacía llegar Desde Al-Ándalus (Cartas a Oria), del poeta Pepe Varos (Granada, 1949), que lamentablemente fallecía en los primeros días de agosto. La bonhomía de su autor y su capacidad de vislumbrar los afectos como signo de humanidad inapelable hace de este libro, que ya fue publicado en Santa Cruz de Tenerife allá por el año 1990, y ahora se edita revisado y ampliado con cuatro cartas más. Para su prologuista, Alberto Linares Brito, “estamos ante un libro cuya misma estructura da lugar a su título o más bien a la mentira que lo sustenta: Cartas… Cartas para explicar también, desde otro espacio que, a propósito de tejidos, crear es también la constatación de que el mismo mundo aparece, más vedes de las que uno desea como lo que oculta la visión de lo verdadero, de lo que el autor desea plasmar”. Y así escribe: “Querida Oria: He ido de los ruidos a los mitos, a otras tierras, regresando después al misterio de lo escrito. He buscado los campos funerarios en pergaminos, olores de plantas olvidadas y humedades de oficina reteniéndome el pulso”. 

Flores de la inocenciaFlores de la inocencia, llega por gentileza del propio autor, el poeta José Luis Vidal Carreras (Vitoria, 1954). En este poemario la voz del poeta toma forma de flor, de variadas flores y paisajes. Un poema preámbulo y siete partes (En este asombro, Ojos, Mi voz en pie, Tres flores tristes, Con otros ojos, Oración y Despedidas) integran esta entrega de Vidal Carreras. Poemas breves en su mayoría, pero de una gran hondura. Su mirada trasciende el paisaje, y todo se eleva y sustancia en el asombro ante lo que sucede ante los ojos, en el silencio revelado tras una hoja o un pétalo, una hormiga o un buey. El poeta frente a sí mismo y la Naturaleza que brama en lluvia de colores y luces: “Y vuelve mi entusiasmo / con tus ganas de luz / esta urgente mañana. Ocurre / tras la fuga del sueño / que me hurtaba de ti. Sucede, / porque he cargado sobre mí / tu pesadumbre, tu locura, / tu fantasía / que inocente nos mata”. 

De la soledad a la luzDe la soledad a la luz, del poeta Ángel Portolés Navarro (Estercuelo, Teruel, 1960) es el siguiente de los libros recibidos. Es el primer poemario de este poeta. En él se muestra la experiencia de quien ha vivido y sentido la tierra en sus propias entrañas, de ahí su lenguaje sencillo, coloquial a veces, en ese intento de fundirse al mundo que lo rodea. Parte el poeta de la oscuridad de la noche para mostrarse desnudo como un recién nacido, y en él nace esos amargos silencios de incertidumbre y miedo a los que nos abocó la mortal pandemia que padecemos, pero también nacerá la esperanza de las heridas y el regreso a la luz de los sueños. “La vida, en su continuo andar, sigue, / es nuestra esperanza”, sentencia el poeta.  Esta obra,

Todo cuanto es verdad

Todo cuanto es verdad, del poeta Diego Medina Poveda (Málaga, 1985) ha sido merecedora, primero del Premio Adonáis 2019 y posteriormente, en 2021, el premio de la Crítica andaluza “ex aequo”, que en muy pocas ocasiones conceden los críticos andaluces. Avalan, pues, a este poemario dos premios de prestigio. Pero lo realmente significativo es que, la juventud del poeta y su manera de mirar el mundo, desde una modernidad contenida, nos sugiere una nueva forma expresiva, en la que de forma natural combina hechos u objetos cotidianos, con una reflexión cuasi filosófica. Sorprende ese juego de espejos que la propia experiencia vital del poeta trasciende al hecho poético con una carga de profunda meditación, que hace de este poemario un lugar que habitar, un oasis de luz. Creo, con Jesús Cárdenas y José Antonio Olmedo, que esta voz singular de Diego Medina conseguirá en un futuro no muy lejano, asombrarnos de nuevo, y así lo espero, pues su juventud en este caso, es sinónimo de madurez y rigor poético. De su poema Cambio de piso extraigo estos versos que resumen lo dicho hasta ahora: “En todas las mudanzas se nace y resucita, / cuántos recuerdos van a la basura, / nos llevan de la mano a otros momentos, / pero un impulso misterioso logra —en un alarde estoico / o simplemente por desidia— / borrar las huelas de unos pasos firmes / que creíamos perpetuos, pero nada / permanece…”. Trasunto de la obra Epístolas a Lucilio, de Séneca, pero sin etiquetas morales ni consejos, Diego Medina escribe desde la vital experiencia de lo cercano, pero desde una particular filosofía o modo de entender el mundo. Ha tiempo que vengo afirmando que la joven poesía latinoamericana goza de muy buena salud, como viene a demostrarlo este poemario,

 
Monólogos desde Babel

Monólogos desde Babel, del poeta peruano Mateo Díaz Choza (Lima, 1989) y publicado por Alastor editores. Con anterioridad vieron la luz los poemarios Av. Palomo y Libro (2013) de la Enfermedad (2015). Caracteriza a este nuevo poemario su tendencia a una singular espiritualidad, derivada posiblemente de la preocupación del autor por los temas de corte bíblico, que surge de una experiencia personal, digamos de mediación entre lo divino y lo humano. Lo desconocido y misterioso provocan en Díaz Choza, la curiosidad primero y la indagación serena luego de la existencia humana. Babel es un territorio de absoluto mestizaje, de sombras y de luces, donde el lenguaje metaliterario irrumpe ofreciéndose al lector en toda su pureza y fuerza expresiva, a veces en poemas breves, otras en poemas en prosa, para culminar con la (re)creación de la realidad y la multiplicidad de símbolos e imágenes, tan rica en matices. El poeta se rebela y revela lo que se oculta en esa Babel confusa que hospeda toda condición humana. Como ejemplo de todo ello podría resumirse en los siguientes versos: “Escucha, extranjero / de lo que se trata es de atravesar las dunas / recorrer los médanos / para volver con los ojos hinchados de visiones / & la boca preñada de palabras nuevas”. Tal vez sea esta búsqueda de “nuevas palabras” en el recorrido interior del silencio lo que da prestancia a este poemario del limeño Mateo Díaz Choza. Con estilo propio el poeta ingresa en un universo donde la diferencia lírica explicitada conforma un nuevo concepto de la escritura, que parte de la deconstrucción para llegar a una voz sugerente, capaz de convocar a los lectores a un nuevo espacio expresivo.   




lunes, 16 de agosto de 2021

Francisco Lucio: El Poeta de Roquetas

Francisco Lucio



   OBITUARIO: FRANCISCO LUCIO: EL POETA DE ROQUETAS

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Francisco Lucio

Son las cuatro de la tarde del sábado 7 de agosto de 2021. Un mensaje de WhatsApp me comunica la triste noticia del fallecimiento del poeta Francisco Lucio (Roquetas de Mar, 1933), y como es natural no puedo sino entender que la vida es un suspiro, que hay un tiempo que nos pasa a todos y que, sin darnos cuenta, marcada está la hora la hora del desenlace, del último silencio, y todo acaba. No hace mucho que coincidí con Lucio en la librería Metáfora, y allí, junto a Isidoro y Carlos (padre e hijo) propietarios de dicho establecimiento conversamos sobre literatura en general y poesía en particular. Lucio se acercaba a la librería, según pude saber, todas las semanas para comprar las últimas novedades de poesía. A pesar de su edad, siempre dispuso de una mente abierta, y el caso es que leía y leía sin ningún tipo de prejuicio, sin limitación alguna. La poesía siempre marcó el itinerario de su vida. Cuando vivía en Terrasa se supo cautivo de la literatura y frecuentó los ambientes que le procuraban, además de conocimiento, experiencia y praxis para conquistar algún sueño siempre perdido en el silencio de la vigilia.


Ahora, y desde el 7 de agosto de 2021, después de superar el crítico año 2020, como lo ha sido para todos los españoles, su ausencia, de ello estoy plenamente convencido, nos deja en una profunda orfandad; su discreción, ese silencio cómplice de la sabiduría, ese estar y ser en todo su integridad, esencia de toda condición humana, y un largo etcétera de razones que se podrían resumir en su relevante y egregia figura, del humanista que fue y lo seguirá siendo cada vez que nos acerquemos a su magna obra literaria y crítica, no será fácil olvidar.


Con todo y en honor a la verdad, Francisco Lucio no puede considerarse que fuera "profeta en su tierra". Todo lo contrario, y lo digo desde el más absoluto respeto, pero también desde la pena por no habérsele reconocido en vida su magnífica aportación al conjunto de las letras hispanas, desde el ejercicio de la crítica literaria que practicó y desde, cómo no, la pura creación poética. Su ciudad natal, y lo digo sin acritud, tiene una gran deuda con uno de sus hijos, en este caso, ilustre, merecedor de la distinción que el trabajo literario significó en la sociedad española, y más concretamente, quizá, en la catalana, pero también porque supo llevar el nombre de Andalucía en su Almería y Roquetas de Mar con orgullo y honor, con la más grande dignidad que un hombre puede llevar a gala. Roquetas de Mar ha perdido a uno de sus preclaros hijos, y es de justicia reparar el olvido al que durante los años que vivió a su regreso en esta orilla del Mare Nostrum, del antiguo puerto de Al-Bayyanis o la oculta villa romana de Turaniana, testigo junto a la luna reflejada en la playa de La Romanilla o las aguas orilladas del Castillo de Santa Ana, fue sometido, aunque lo fuera de forma inconsciente. A veces ocurre, y todos contamos con claros ejemplos de ello, que el ritmo de esta vida, tan tremendamente acelerado e incomprensible, nos aboca a ignorar lo cercano, que nos pertenece por derecho propio, aquello que tanto amamos, sin más. Estoy convencido que sabremos rectificar y que haremos todo lo posible para rendir el homenaje póstumo del que es merecedor, el hombre y el poeta de Roquetas de Mar, Francisco Lucio,


Hace no mucho escribí sobre la figura poética de Francisco Lucio. Así, lo que sigue: Con algunos de sus versos incluidos en "Tiempo Romance", concretamente de su poema de tono elegíaco "No digo tu nombre en vano" (romance-glosa), en el que nos recuerda a los más grandes poetas de todos los tiempos que cantaron a España: Fernán González, Juan Ruiz, Juan del Encina, Alonso de Ercilla, Miguel de Cervantes, Gabriel Bocángel, José Cadalso, José de Espronceda, Joan Maragall, Jacinto Verdaguer, Miguel de Unamuno, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Luis Cernuda, Federico García Lorca, León Felipe, Nicolás Guillén, Jorge Guillén, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Gabriel Celaya, Blas de Otero o Max Aub, y con el que quiero restituir del olvido a Francisco Lucio:

Francisco Lucio







«Porque hay dolor en el mundo,
 madre, porque hay gente mala
 que roba el trigo a los pobres
 y luego siembra cizaña.
 Si alguno cierra tus puertas,
 otro, más fuerte, las abra …




Era la sangre del pueblo
el oro que te quedaba…







Era la sangre más pura 
la sangre más acendrada, 
cayendo desde el camino 
al fondo de la barranca…


Dales de beber: su sed 
de justicia no se sacia. 
Dales de beber; y nunca 
se rompa, madre, tu cántara….
Hambre tenemos de ti, 
hambre que nunca se harta; 
de que tu ser y tu nombre 
venzan al tiempo y sus taras…

Porque tú, sueño del mundo; 
tú, tan abrupta y tan brava,
eres el solo camino,
la larga senda soñada…


Siempre belleza posible, 
tal vez sueño, mas cercana;
siempre nueva, viva siempre,
hermosa y trágica España.»

Hoy, en este día luctuoso por la gran pérdida del poeta Francisco Lucio, aún no puedo olvidar aquel día que lo viera caminando lentamente, asido al brazo de su esposa María Dolores, saliendo de la librería Metáfora, alejándose un tanto encorvado. Ya no volverá al santuario de los libros otro sábado, pero allí estaré yo, esperándolo sereno entre el bosque de libros, seguro de que su presencia seguirá habitando en las páginas de un libro, en el corazón de un hombre. Allí, siempre, Lucio resucitado en su voz de ángel, resplandeciente en las grafías de un libro. ¡Hasta siempre, Lucio, que la tierra te sea leve, amigo!


José Antonio Santano. Obituario publicado en el periódico DIARIO DE ALMERÍA

lunes, 2 de agosto de 2021

LEER COMO ADICCIÓN. NARRATIVA

 

Salón de Lectura­ __________________ José Antonio Santano

 

Leer como adicción

(Narrativa)

 

         El verano siempre ha sido y es un tiempo propicio para leer. En esta estación del año se hace más frecuente encontrar a los turistas de playa o montaña, asidos a un libro, elegido según los gustos de cada uno. Ese contacto esencial con las páginas de un libro debería atraernos siempre, aunque así no sea, porque los libros contienen algo que a todos nos incumbe: la vida. Con ellos aprendemos, nos divertimos, sufrimos, sonreímos o sollozamos; en cada personaje o en cada pensamiento la vida está presente; podemos vivir lo mismo la Edad Media que la Era espacial, o, adentrarnos en la tragedia de un cáncer o una pandemia. Los libros son, sin lugar a duda alguna, nuestro mejor amigo, dejemos al perro en un segundo término, entre otras razones porque se establece un diálogo, una complicidad. Por ello, y en este comentario, la lectura se convierte en una extraordinaria adicción que deleita y ennoblece, que alarga nuestra vida en la vida de los otros, en un mestizaje solidario, respetuoso y festivo. Y dado que esta adicción ya no tiene vuelta a atrás, pretenden ser las siguientes lecturas que indico un oasis donde descansar del tórrido verano, sea en una playa o en la montaña, pero siempre asidos a un libro, plenos y felices de aventurarnos en sus páginas para ser más libres y más humanos.

        

“La caza, captura y muerte de la abuelita hispánica, en una casa de lujo de una ciudad de lujo, sometida a la más rigurosa de las democracias y repleta de padres honestos y niños felices”

Mis propuestas, de forma resumida, pues de algunas detallaré más adelante en otros medios, las voy a establecer en tres ámbitos fundamentalmente: narrativa, poesía y ensayo. Comenzando por la narrativa, y por ser de los últimos libros recibidos me detengo en uno, de más extenso título que hasta ahora me he encontrado en el panorama literario, “La caza, captura y muerte de la abuelita hispánica, en una casa de lujo de una ciudad de lujo, sometida a la más rigurosa de las democracias y repleta de padres honestos y niños felices”, del escritor granadino Francisco López Barrios, que viene a confirmar el magisterio del autor con un libro compuesto por cinco relatos, entre ellos el que da título al libro, y de los cuales, como aperitivo, me inclino por “La noche de terror del terrorista”, por ser una historia extraordinariamente bien contada y mejor resuelta, que deja al lector con la miel en los labios para continuar leyendo y ahondando en las claves de un autor que conoce bien el oficio y sabe transmitir y construir desde la exquisita fabulación historias inolvidables. “El óxido del cielo”, del escritor cordobés Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) nos adentra en la magia de lo desconocido y la Naturaleza, para devolvernos la esperanza en el olvidado encanto de los pueblos de interior, de las zonas rurales que a pasos agigantados se están vaciando. En esta ocasión López Andrada nos propone un viaje al “declive y añoranza de la minería”, como reza la portada del libro, y lo hace con esa lumínica manera de escribir que posee, con esa mirada serena y deslumbradora que nos descubre otra realidad desde la nostalgia y el amor a la tierra madre.  El escritor valenciano Rafael Soler nos presenta la reedición de su novela publicada en 1983 titulada “El sueño de Torba”, cuidadosamente editada por Olélibros. A estas alturas no vamos a descubrir quién es Rafael Soler dentro del panorama literario español, sin embargo, sí reiteraré su destacada voz, particularmente distinta del resto de escritores del momento. En cada historia que nos cuenta, sea relato o novela, se distingue al autor por su lenguaje y por la sólida configuración de los personajes, por su dominio del tiempo y del espacio, creando siempre las condiciones más favorables para la lectura, enriqueciendo el acto de leer. Así ocurre en “El sueño de Torba”, donde se entrecruzan historias y donde la terrible incomunicación del tiempo actual, en detrimento de las relaciones humanas a través de los distintos personajes son la esencia narratológica de esta propuesta.  Otra de las citas narrativas imprescindibles es la del novelistas, poeta y crítico granadino Fernando de Villena, con su última entrega “Los nueve círculos”. En ella nos cuenta de Villena, con casi toda seguridad uno de los escritores más prolíficos en lengua castellana, la historia de una ciudad de provincias (Granada) durante las últimas siete décadas, protagonizada por un hombre y una mujer pertenecientes a clases sociales distintas. El magisterio, el estilo y la capacidad narrativa de su autor, Fernando de Villena, es indiscutible. Solo hay que echar un vistazo a toda su trayectoria literaria para comprender que nos hallamos ante una de las voces más destacadas de la literatura española. Así, desde el territorio de la auto-ficción, desde la sabiduría que le otorga su experiencia y su compromiso humano, Fernando de Villena ha escrito unas memorias noveladas, necesarias, que no dejarán indiferente a cualquier lector que a ellas se acerque. Otro de los libros que traemos a este escaparate y continuando con el mismo género anterior, corresponde a “El muchacho pálido”, del narrador, poeta y crítico literario Manuel Jurado López (Sevilla, 1942), que nos presenta la historia del joven Ramón Mengíbar que, tras su paso por el internado de las Escuelas Sagrada Familia de Úbeda, contrae una enfermedad contagiosa que marcará su vida. La evocación de aquel tiempo será el antídoto para su obligada soledad. Un retrato exacto de los internados religiosos masculinos de una época que nos acerca a la verdadera condición humana. La novela histórica es otro de los géneros que bien se adecúa a este tiempo veraniego. Y, “Jaque al Emperador”, del escritor valenciano J.R. Barat (1959), es la elegida.  Su autor nos lleva hasta la primavera de 1808, cuando las tropas napoleónicas invaden España. Nunca  antes el pueblo español estuvo tan unido para expulsar al invasor. Uno de esos protagonistas fue José Romeu, que Barat recupera para historia. El propio Barat declara que Romeu lo “abandonó todo por defender lo que consideraba justo: familia, hacienda y vida”. Este personaje que descubre por casualidad Barat, va a convertirse en el protagonista principal de esta narración, “un hombre maravilloso que encarna lo mejor del ser humano: nobleza, valentía, dignidad y sentido de la justicia”, al que se conoce como el “héroe Romeu” fue quien puso contra las cuerdas al ejército del Emperador Napoleón. Otra de esas narraciones históricas, en este caso, ambientada en la postguerra española, cuando la guerrilla antifranquista actúa en las sierras de Ronda y Grazalema es “Eras la noche”, del escritor gaditano Ramón Pérez Montero (Medina Sidonia, 1958). Su autor ha sabido trasladar a la narración la esencia de ese momento histórico a través de un lenguaje depurado, lumínico, donde la imaginación, aun cuando la novela está basada en hechos reales, trasciende esa realidad para convertirse en una obra en la cual la condición humana aflora en sus múltiples aspectos. Un autor y una novela para tener muy en cuenta. Tal y como se lee en la contraportada de esta novela: “El imposible lenguaje de la noche”, de del escritor Joaquín Fabrellas (Jaén, 1975), se trata de una narración “fragmentaria, dividida en tres partes. Su discurso se mueve ente la novela, el ensayo y el análisis cultural de los años 50 y 60 en la efervescente Nueva York”. El principal personaje de esta historia totalizadora abarcadora en géneros no es otro que el escritor beat Paul Demut, pero sobre todo es la historia del fracaso, de los naufragios de una sociedad noctámbula con melodías de jazz. El espacio y el tiempo contenidos en una narración inusual, atrevida, pero donde la creación (pictórica, cinematográfica, musical o literaria) es expresión, principio y fin del ser humano, con todos los ingredientes propios del discurrir de la vida. Otra de las novelas que ha dado que hablar y que fue merecedora del Premio Valencia de Narrativa es “Pájaros en un cielo de estaño”, del escritor gaditano Antonio Tocornal (San Fernando, 1964). No sitúa su autor en un pequeño pueblo andaluz, Las Almazaras, y en justo en la posguerra. Se narra en ella la capacidad de transformación del ser humano, las relaciones sociales y la fuerza para conquistar lo deseado, sobreviviendo a cuantas vicisitudes presenta la vida. Una nueva forma de narrar, de adentrarse en los recovecos del lenguaje para expresar, de forma rigurosa, aquello que esencialmente corresponde decir. Una furgoneta deteriorada, un forastero pelirrojo y sus dos hijos y una jaula con un pájaro son los elementos narrativos que desencadenarán los acontecimientos que los lugareños vivirán a partir de la llegada de este ser extraño.         Entre el olvidado género del relato encontramos algunos libros muy interesantes que merecen la pena mencionar. Uno de esos libros es “La vida anticipada”, del escritor cordobés Francisco Javier Guerrero (1976), con ilustraciones de Lola Castillo. Para Ángel Olgoso, una de las voces más autorizadas del relato o cuento en España, La vida anticipada “es una obra apabullante, hermosa. Un volumen perfectamente cuajado, repleto de frases redondas, potentes, listas para ser grabadas en bronce; con rumor de letanía, de prisma con destellos incesantes, de molino de pensamientos. Historias que extienden valientemente los límites. Un impresionante libro de relatos”. Un pequeño fragmento podría resumir la fuerza de la palabra, su filigrana: “El presente es un tiempo manchado de cenizas. Tiene bordes afilados y duele”. Luis Lisquete (Villasarracino, Palencia, 1952) nos deja un ramillete de relatos en “La teoría del ímpetu”, que reúne un total de treinta y dos historias. El amor, la venganza, la fatalidad, el destino, y otros tantos temas extraídos de las distintas situaciones existenciales se funden en una prosa locuaz y ágil que hace que el lector mantenga su atención hasta el final de sus páginas.

Andrés Ortiz Tafur

 Con un poder de fabulación extraordinario el escritor Andrés Ortiz Tafur (Linares, Jaén, 1972) nos acerca a su último libro aparecido con el título “El agua del buitre”, publicado por el sello editorial Baile del Sol. Dieciocho son los relatos incluidos en este volumen. Y en honor a la verdad hay que decir que bien armados, coherentes, bien resueltos -diría que explosivos-, ocurrentes y sutiles a un tiempo. Después de sus tres libros de relatos publicados hasta ahora Caminos que conducen a esto, Yo soy la locura y Tipos duros, se confirma con esta cuarta entrega que Ortíz Tafur tiene mucho que contar aún y que su forma de hacerlo atrapan al lector. En último lugar llega a mis manos, recientemente -por lo que me ocuparé de él con más detalle en otro espacio-, “En la Era de Acuario”, del escritor vallisoletano Santiago Redondo Vega (Villalón de Campos, 1958), publicado por la editora Difácil. Como aperitivo, me hago eco de lo dicho en su prólogo por el profesor y poeta Fermín Herrero al referirse a los relatos que componen el libro: “De hecho, vistos así, en su conjunto, me da la impresión de que componen una especie de ópera bufa de nuestro tiempo, a veces en forma de vodevil, protagonizada por neurosis variopintas, con las que atañen a trastornos de la libido a la cabeza  y por las extremidades, a tal punto que parece con frecuencia que la función la dirigiera, bajo su atenta mirada, herr doctor Sigmund Freud, rodeado de una cohorte de ceñudos psicoanalista”.