Annie
Hall ya no vive aquí

L
eía
días atrás y no recuerdo dónde que «la poesía despierta pasión
a muy temprana edad, aunque no se entienda». Para quienes tienen por
hábito y costumbre leerla, aprender y emocionarse con ella, no
extraña esta afirmación. La poesía, efectivamente, aún sin llegar
a entenderla en ocasiones, es como esas canciones extranjeras que,
por mucho que no entendamos lo que dice, en su conjunto (música y
letra) valoramos, en muchas ocasiones y así la historia lo
demuestra, como verdaderas obras de arte. El arte, en cualquiera de
sus expresiones, no tiene límites, es algo que aun sin poder
explicarse, se eleva hasta cotas desconocidas y es capaz de
transformar y transformarnos, de ser alma en sí mismo, espíritu
inagotable que vuela por los confines de la luz y el universo. Por
todo, la poesía llega siempre para quedarse, anegar el espacio y los
sentidos con su música inextinguible. Salamanca fue el lugar de
encuentro, allí la poesía nos convocó y allí la fraterna amistad
y la palabra se fundieron en un abrazo imperecedero. “Annie Hall ya
no vive aquí”, del poeta argentino Boris Rozas, nos reunió
entonces y nos une ahora. Es este un poemario con el que su autor fue
distinguido con el XVI Premio Internacional de Poesía “León
Felipe”, Tábara 2018. La madurez poética de Rozas está ya
avalada por una sólida trayectoria que resumimos en la publicación
de once libros, entre los que podemos destacar “Ragtine” (2012),
“Invertebrados” (2014), ganador del prestigioso premio
Internacional “Pilar Fernández Labrador” y “La libertad de los
girasoles” (2016). Con “Annie Hall ya no vive aquí”, Rozas
avanza por un camino, no siempre fácil, cual es el del genero
poético. En este libro el poeta, llevado por su admiración al
séptimo arte, el cine, nos muestra una obra que parte, como otras,
del viaje, esa manera de indagar en lo desconocido y misterioso, y en
esta ocasión con un destino al que la poesía y la literatura han
dedicado atención preferente. El viaje siempre es un reto, antes,
durante y después de realizado, como un sueño. El deseo de vivir
que nos transporta al paraíso imaginado. Así, de esta manera, Boris
Rozas nos muestra en cinco partes lo que significa “Annie Hall ya
no vive aquí”. En la primera de ellas, titulada “Lowcost”,
como si se tratara de una huida hacia adelante, el viaje como
aventura vital hacia el centro de su soñado universo, tal es el
cine, y la espera en esas salas que anteceden al patio de butacas,
hacia la búsqueda de un tiempo futuro que vive intensamente, asido
inseparable a una maleta: «Van a sellarme el pasaporte sin apenas
mirarme a la cara / para ellos soy otro animal que viaja por
instinto, / oculto tras gafas de sol y metros de auriculares / en
silencio…». En la segunda parte del libro “Permiso concedido”,
Rozas muestra su particular visión de la ciudad y el misterio que
acude al poeta en forma de abstracción o surrealismo propio de
poetas que le antecedieron en su cita con Nueva York, lugar donde
todo puede suceder. En este sentido, su gran apuesta será el amor,
que concreta en un curioso paralelismo entre el ruidoso vivir de la
ciudad y la pura expresión de su poética, con acento machadiano:
«El viejo olmo que aún vigila los cadáveres del río / se afana en
jugar a las sombras / con los atardeceres del puente de Brooklyn…
// se han citado a las puertas de esta noche / tu frente con mi cara,
/ mi atisbo de pobreza / con tu figura de permisos ya concedidos».
En la tercera parte, “Anchorage” , el poeta, nos guiará a través
de la música, esa que lleva muy adentro, el jazz, y al ritmo del
gran Jhon Coltrane, por la bulliciosa ciudad y la sensación de
desvalimiento que la misma le produce: «Soy una vieja actitud
acomodada en los bolsillos / de un vaquero, / souvenir de puesto
ambulante / cerca de un buzón ahogado entre pintadas, / soy un
letrero de neón / con iniciales fundidas / hasta derramarse por los
bancos verdes de metal, / me siento como un minúsculo hombre / que
se intuye logotipo modal / a ritmo de jazz». Rozas titula la cuarte
parte del poemario: “La primera vez que salté por una escalera de
incendios”. En ella recorrerá lugares emblemáticos de Nueva York,
como Greenwich Village, Gay Stree, el Bronx o la estación Gran
Central y sentirá que la soledad y el amor fluyen al unísono en su
íntimo ser: «Una vez ue un hombre sentado añorando las montañas /
como quien se siente bosque, / estrechando el cuelo de botella de la
primavera / como el lobo que camino solo / por Gran Central /
lamiéndose las heridas con los dedos». La quinta y última parte
que da título al libro “Annie Hall ya no vive aquí”, es la más
destacada y determina en mi opinión la fuerza del sujeto poético,
el vuelo de su voz a la altura del sueño que revela la verdad
poética contenida en este poemario de Boris Rozas: «Me dicen que la
felicidad dura lo que dura una mañana, / un verso. / Un café
extendido sobre una vieja mesa / un niño extraviado que busca una
ventana / en medio del invierno. / En esa media luna envuelta en
leche caliente / descansa una verdad / que no por sobada y bizca /
deja de ser menos verdad».

Título:
Annie Hall ya no vive aquí
A
utor:
Boris Rozas
Editorial:
Celya
(2018)